Reflexiones


Literatura y ciudad: Bogotá

(El Correo)

Acabo de asistir a la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Siempre me hacían la misma pregunta. «¿Cómo se nos ve desde fuera?». Parecía que los colombianos estaban muy preocupados por la imagen de su país en el exterior. Pensaban que todo el mundo asocia Colombia con la violencia. Mi respuesta, los asombraba sobre manera. «Me apetecía mucho venir a Colombia, un país moderno, tierra de escritores buenísimos, como Hector Abad Faciolince». En efecto, la primera cosa que yo tenía en mente cuando acepté la invitación de la Feria del Libro de Bogotá fue su literatura, y no la imagen que proyectaban al exterior los medios de comunicación sobre Colombia.

Tenía una imagen muy distinta de un espectador de televisión sobre el país sudamericano, no me daba miedo ir allí, me apetecía conocer los lugares de los libros que había leído. Eso sí, cada vez que quería entrar a mi hotel tenía que pasar por el detector de metales. En las entrevistas que hacía en el hotel, los fotógrafos no podían sacar instantáneas.

El primero en cuestionarme sobre mi visión de Colombia fue mi editor allí, Leonel Giraldo. Me invitó a comer a la zona G de Bogotá. G de gourmet. Allí se encuentran los mejores restaurantes de la ciudad. Como aperitivo, él se pidió un gin-tonic. Vi que le servían el gin-tonic a la americana, sin mucho arte: unos pocos cubitos, ginebra Bombay Saphire y tónica a granel. Le conté que los gin-tonics también tenían su técnica. Que el secreto estaba en no derramar directamente la tónica a hielo, que había que romperla con el culo de una cucharilla para que burbujeara más. Leonel me aconsejó dos cosas: la primera, no caminar más debajo de la calle 72, por motivos de seguridad; la segunda, que era imprescindible que visitara una pequeña librería que estaba muy cerca del hotel.

La librería ‘Arte y letra’ se halla en la carrera 7 a un par de manzanas del hotel. En la misma carrera 7, a unos escasos cien metros de la librería se encuentra la sede de la Bolsa y de las grandes entidades bancarias. Me pareció un milagro que una librería sobreviviera en un lugar así. El escaparate estaba repleto de libros de Tólstoi. No había ninguna novedad. Dentro, una señora mayor servía café a los clientes que se esforzaban en pasar sobre las pilas de libros.

Empecé a ojear algunos. Abrí uno de William Saroyan, ‘Las aventuras de Wesley Jacson’. Leí en la contracubierta: «La novela que el Ejército de los EE UU encargó a Saroyan para dar una visión amable de la vida de las tropas americanas destacadas en la Segunda Guerra Mundial. Rechazado por las autoridades por ser profundamente antibelicista y poco complaciente».

En la estantería de ensayos encontré una colección de ensayos y conferencias de Susan Sontag. Leí parte de una conferencia suya titulada ‘El novelista y el razonamiento moral’: «Desde mi punto de vista, un narrador que se adhiere a la literatura es, por necesidad, alguien que reflexiona sobre problemas morales: sobre lo justo y lo injusto, lo mejor y lo peor, lo repugnante y admirable, lo lamentable y lo que inspira alegría y beneplácito. Ello no implica moralización en sentido directo o rudimentario alguno. Los narradores serios reflexionan sobre los problemas morales de un modo práctico. Relatan historias, narran. Evocan una común humanidad con la que podemos identificarnos, si bien las vidas pueden ser distantes de la propia. Estimulan nuestra imaginación. La historias que cuentan amplían y complican -y por ende, mejoran- nuestras simpatías. Educan nuestra facultad de juicio moral».

La última tarde en Bogotá Leonel me llamó al hotel. Me dijo dos cosas: la primera, que su mujer estaba encantada con los gin-tonics que le preparaba; la segunda, que me invitaba a cenar junto a un grupo de escritores colombianos. Mario Mendoza estaba entre ellos. En aquella cena Mario me confió una de las historias más terribles que he conocido nunca. Es la historia de uno de los secuestrados por las FARC. Se trataba de un profesor de universidad. Su secuestro duró muchos años. Él estaba solo con un grupo de guerrilleros. Un día los guerrilleros recibieron una orden de sus superiores. No podían hablar con los prisioneros. Ni una sola palabra en todo el día. El profesor pensó que se volvería loco si no articulaba palabra. Debía pensar en algo, alguna solución para hacer más llevaderos aquellos días en la selva. Ideó preparar clases de historia. ¿Pero a quién podía dar las clases? Escogió unos arbustos y les dio nombre. Juan, Sara, Ana, Alberto. Cada día saludaba a sus alumnos vegetales. «Buenos días Juan, buenos días Sara, ¿Qué tal Ana?, ¿Cómo estás, Alberto?». Más tarde, empezaba a explicar el devenir de una civilización antigua, les hablaba de reyes y revueltas, de los discursos de Cicerón. Así, hasta que llegó el día de su liberación.

Al cabo de un tiempo, un periodista le hizo una propuesta: volver al sitio de su cautiverio. Hacía tiempo que la guerrilla había abandonado aquel lugar. Cuando el profesor volvió, las plantas todavía estaban allí. Cuando vio los arbustos, a los que durante años fueros sus alumnos, el profesor se echó a llorar. Luego, los saludó. «Buenos días Juan, buenos días Sara, ¿Qué tal Ana?, ¿Cómo estás, Alberto?»

Aquel profesor me dio la respuesta sobre el asunto que hoy nos atañe: los lugares, la ciudad, son solo selva. La mirada del escritor hace que las plantas hablen, que se conviertan en humanas.

El idioma de la Virgen María de la playa

(El País)

En 25 años hay 150.000 personas más que hablan euskera; ya está en los medios de comunicación, en la literatura y la academia de la lengua ha cumplido 90 años. Hemos avanzado mucho, pero nos queda un trecho

En primavera del 2007 me encontraba en Nueva York en la casa de una amiga, Carmenchu Pascual, que tuvo que salir de San Sebastián junto a su madre en la posguerra y se instaló en la Gran Manzana; y que, después de pasar por varios oficios (fue incluso piloto de un avión correo en Puerto Rico), trabaja como traductora de español en las cortes federales, en el barrio de Brooklyn. Carmen posee una amplia biblioteca de tema vasco.

Fisgando entre los libros encontré un ensayo de Julio Caro Baroja y enseguida comencé a ojearlo. Entre las leyendas que Caro Baroja recogía en el libro, una me llamó mucho la atención. Era la historia de la Virgen y el pez zapatero. La leyenda popular contaba cómo un día el zapatero, también llamado palometa o joputa, se encontró con una mujer que paseaba por la orilla de la playa. La mujer era bellísima y el zapatero, enamorado de la joven, le preguntó quién era. Con tan mala suerte que formuló la pregunta en castellano. La mujer enfureció y le dijo al pez que era la mismísima Virgen María, y que a ella había que dirigírsele en euskera y no en castellano. Como castigo a tal metedura de pata, la Virgen maldijo al pez: a partir de entonces el zapatero sería el más feo de los peces. Y es así como el zapatero tiene esa expresión de muy pocos amigos, con una dentadura prominente, y unos ojos de no haber pegado ojo en mucho tiempo. Pobre zapatero, pienso yo. ¿Cómo hubiera adivinado que la Virgen hablaba ni más ni menos que en euskera?

Yo no conocía aquella leyenda, pero sospecho que no debe de ser demasiado antigua. Tampoco creo que haya muchas más leyendas del estilo. Es una leyenda creada en una época de retroceso y defensa de la lengua. De miedo a la pérdida.

La moraleja es clara: los vascos debían de preservar la lengua de la Virgen, una lengua limpia y celestial, y no hacer como el zapatero, que por hablar en castellano se quedó así de feo.

Entre los tabús semánticos, unos de los más curiosos son los nombres de los animales. Muchas veces se utilizan eufemismos para nombrar a animales malignos o asociados a la mala suerte. El caso de la comadreja es el más representativo. Según José María Cuesta, la comadreja es una de las especies innombrables. Es por eso que se les llama con términos de difícil etimología. Y así, se le denomina paniquesa en Aragón, donnola en italiano, belette en francés, doniña en gallego o erbinude en euskera. Tal mal fario le llega desde los textos de la antigüedad. Eliano describe que es un animal despreciable que se sube encima de los cadáveres y engulle sus ojos.

El caso del zapatero, palometa o joputa, puede ser también un caso de tabú semántico. El zapatero, amén de su aspecto, tiene mala fama entre los pescadores por ser un pez poco fiable. Ahora está muy presente, ahora desaparece. Es demasiado inteligente, dicen.

Hablando de tabúes innombrables, dejen que les cuente una anécdota. Yo no tuve nombre durante los primeros meses de mi vida. Nací a finales de 1970 y mi madre fue naturalmente al juzgado a darme de alta. El secretario le preguntó por mi nombre. “Kirmen”, dijo ella. Al secretario no le constaba Kirmen como nombre y no lo aceptó. “¿Señora, por qué no le pone José María, o algo por el estilo, como todo el mundo?”. Mi madre dijo que yo me llamaba Kirmen y no cejó en su empeño hasta que inscribieron mi nombre en el libro de familia. Iba cada semana al juzgado y le daban la negativa. “¿Y si le pone Kirmen María?”, le dijo una vez el secretario, “será más fácil que admitan el nombre si lleva algo en castellano”. Al final, el secretario dio su brazo a torcer y es así como me llamo: Kirmen, sólo Kirmen.

La anécdota ilustra la difícil situación que vivió en un tiempo el euskera. Pasó sus años duros, en los que solamente se hablaba en el ámbito exclusivamente privado. Y sobrevivió gracias a la tenacidad de mucha gente, que no dejó de hablarlo y trató de ampliar su presencia a todos los sectores de la sociedad. Y, por supuesto, de la multitud de gente que ha hecho un gran esfuerzo en aprenderlo.

El 15 de abril del 2007 asistí a un programa de radio en la WBAI, en el 120 de Wall Street. La emisora es una de las más progresistas en el ámbito neoyorquino. Nos invitó la escritora Janet Coleman a su programa cultural. Compartí la hora con la poeta canadiense Yerra Sugarman. Sugarman, especialista en literatura yidish, había llevado al programa poemas de una poetisa de principios del siglo XX. Los poemas eran impresionantes. Hablaban de sexo explícito.

Janet Coleman se asombró de que pudiera haber una escritora yidish que escribiera de esos temas. Y así lo dijo por la Radio. La respuesta de Yerra Sugarman fue la siguiente: “La poetisa habla de su vida. Su vida era así, aunque fuera. en yidish”. Durante la cena hablamos de los clichés que tienen que soportar muchas tradiciones literarias. Yerra contó que cuando venía a Europa mucha gente desconfiaba de sus raíces judías, como si le echaran la culpa a ella de las vulneraciones de derechos humanos que el Gobierno israelí comete con la población palestina. Yerra no lo podía entender. “Pero si yo también estoy en contra de lo que hace el Gobierno israelí”, les decía ella, incrédula.

La lengua vasca también ha tenido que soportar muchos clichés. Todavía a un autor vasco se le pregunta sobre la vinculación de la cultura vasca con la violencia. Sobre si no es una traba escribir en una lengua tan pequeña.

Claudio Magris se define como un escritor de frontera. De una tradición en la que conviven diferentes lenguas. Yo también me considero un escritor de frontera. Me gusta formar parte de esa diversidad. Magris, en su libro Utopía y desencanto, afirma lo siguiente: “Toda minoría que sale de la marginación -nacional, cultural, religiosa, política, sexual- tiende, por lo menos al principio, al narcisismo exhibicionista y hasta que no se libera de él, aprendiendo a vivir espontáneamente su propia peculiaridad y a no hacerle demasiado caso, revela estar todavía, interiormente, en una condición de inferioridad”.

Me gusta la frase del triestino, “no hacerle demasiado caso a su propia peculiaridad”. Escribir con naturalidad, vivir con naturalidad en euskera. Sin urgencias ni histerias.

Han pasado casi 40 años desde la anécdota de mi madre en el juzgado. El euskera ha pasado del ámbito privado a lo público. Según los últimos datos sociolingüísticos, en 25 años el número de hablantes ha crecido en 150.000. Hay prensa en euskera, medios de comunicación, todo un sistema literario. La academia de la lengua acaba de cumplir 90 años de vida. Es verdad que todavía hay mucho por hacer. Queda un trecho para llegar a un bilingüismo efectivo. Pero se ha avanzado considerablemente.

Yo no considero que escribir en una lengua pequeña sea ningún impedimento. En mis libros hablo de gente que conozco, de gente que veo todos los días por la calle. Sin embargo, he visto que esas historias pueden interesar a un lector global.

“Toda endogamia, -toda pretensión de identidad pura- es asfixiante e incestuosa”, afirma Magris. “Se aprende a amar a Irlanda en Joyce, que la abandonó y la criticó ferozmente, mucho más que en todas esas novelas irlandesas rebosantes de muchachas pelirrojas y de prados verdes. En una astilla puede estar el mundo, pero ésta es algo si no es sólo una astilla sino el mundo”.

Pienso en la Virgen y el pez zapatero. Quiero creer que ahora actuarían de otra manera. Que el zapatero le hubiera hablado en euskera, o que la Virgen le hubiera respondido sin problemas en castellano. Tranquilamente. Y es que eso mismo es lo que ocurre ahora en el País Vasco.