Entrevistas


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“Me interesaba decir mentiras sobre mí mismo”

El Correo, Elena Sierra.

Kirmen Uribe Escritor. Publica ahora en castellano ‘Bilbao-New York-Bilbao’, novela por la que obtuvo el último Nacional de Narrativa

A Kirmen Uribe le gustan las anécdotas, los paralelismos, las casualidades que ofrece la vida. También el juego de luces y sombras que hay en la de cualquiera. De los momentos «más luminosos» podemos pasar a los más terribles, y al revés, y eso «nos va dando forma». La novela ‘Bilbao-New York-Bilbao’, Premio Nacional de Narrativa, es un mosaico de este tipo de cosas. Durante el vuelo que el narrador (él mismo) hace a la ciudad de los rascacielos, va rescatando la memoria de su familia y de otras familias, para exponer un cuadro de la sociedad vasca que poco tiene que ver con el que se empeñan en contarnos. Seix Barral publica ahora en castellano la novela, que estará en las librerías a partir del próximo 16 de febrero, y de la que el jurado valoró que se trata de una historia «que es innovadora, que utiliza formas nuevas, pero que al mismo tiempo emociona».

– ¿Cuánta importancia tiene la forma para usted como autor?

– Es fundamental, la novela es sobre todo forma. Innovar en el tema es secundario, la forma es lo fundamental. Una novela es ingeniería, estructura, estilo. Y luego está la historia; hay muchas novelas no convencionales que son arriesgadas formalmente pero que no llegan al lector. Y esta sí, dijeron los del jurado. Para un autor el género avanza mediante innovaciones en la forma. Así que yo lo que quería contar cuando empecé esta novela, es cómo vive un autor que escribe en euskera en el siglo XXI. Quería hablar de mi familia, porque un escritor no es sólo lo que proyecta, sino que tiene a su familia, su tradición.

– Que se hace protagonista, porque en realidad al personaje no le ocurre nada.

– Lo que hago es hablar de un vuelo que nace en Bilbao y que llega a Nueva York. En ese vuelo no ocurre absolutamente nada, porque en los vuelos normalmente no ocurre nada, tan sólo turbulencias. Normalmente no hay bombas ni tienes un tórrido encuentro sexual en el lavabo. Quería escribir una novela sin trama porque lo que veo ahora mismo en las series y en el cine es que las tramas se utilizan y se utilizan bien; también en el género negro y el histórico en novela. Pero yo me hacía una pregunta: ¿qué diferencia la literatura de las demás disciplinas? ¿Del cine y de la tele?

– ¿Qué?

– Que es capaz de recoger muchísimos más matices. Por eso en ese vuelo no ocurre nada y sin embargo suceden muchas cosas. Lo que está fuera, lo que el autor recuerda, su infancia, la documentación que ha ido recogiendo sobre Ricardo Bastida, fragmentos de la wikipedia, los emails que recibe? El proceso de documentación de una novela es casi detectivesco, una pista te lleva a otra, y es algo que me apasiona. Quería llevar todo eso a la novela. Las dudas del autor, cómo empieza y lo deja, lo que hay antes y detrás. Es como en ‘Las Meninas’ de Velázquez: en el cuadro se cuenta el otro lado.

– Tiene algo de diario de a bordo.

– Sí. Con el aspecto fundamental de la autoficción. En la novela hay pasajes autobiográficos, cosas que me han pasado a mí realmente. Y también una crítica al memorialismo y a la imagen del autor. Sebald decía que ya se aburría con esos autores que se quedaban fuera de la novela y que construían marionetas. Él planteaba que el autor entrara como personaje y yo lo hago, pero ese Kirmen Uribe no soy yo, es otro Kirmen Uribe. En toda autobiografía hay ficción. La de Rousseau está llena de errores, él modificaba su vida para dar una imagen. ¿Cómo recuerda su vida una persona? ¿Qué imagen tenemos de nosotros mismos, cómo nos vemos y cómo nos ven los otros? Aparezco en las páginas pero no todo lo que cuento es verdad. Puede ser pero no es una verdad absoluta.

– Es un juego con el lector.

– Ya lo dijo Barthes: reivindicó la muerte del autor del siglo XIX y principios del XX, el que dominaba la novela desde fuera. Los lectores tenían que centrarse en el propio libro. El autor ha vuelto en el XXI, pero es un autor que miente, una imagen irónica de sí mismo. Y eso me interesaba mucho: decir mentiras sobre mi vida, reírme de mí mismo y alcanzar un nuevo pacto. El lector entra en ese juego y sabe que no todo lo que escribimos es real. Le da igual, lo importante es la historia.

– ¿Y eso es para todos los públicos?

– Todo esto es teoría, claro. Hay lectores que no se plantean si esto forma parte del movimiento literario llamado alterficción o si es una novela moderna o lo que sea.

– A veces da la impresión de que algunos autores se empeñan en romper moldes sin nada de contenido.

– Tiene que tener una parte experimental y una que interese al lector medio, no te puedes quedar en un mero ejercicio de estilo. El arte que a mí me interesa es ese. Uno cuando ve el ‘Guernica’ piensa en Gernika y en los desastres de la guerra y no en la teoría del cubismo. A mí me interesa que la obra de arte sea innovadora y que llegue.

– Esa literatura fragmentaria, ¿convence al que suele leer novela convencional?

– Ya han cambiado las formas de leer. Las nuevas tecnologías han hecho que leamos de manera más fragmentaria. Yo leo siempre fragmentos en Internet. La lectura es más diversificada y global. Eso quería plantear, los subcapítulos son como teselas, como pantallas de ordenador que se abren y se cierran. Esa manera nueva de contar de los blogs y de las páginas web es la de cada día y quería probarla en el papel. El libro es fragmentario pero está muy estructurado.

– Esa estructura tiene un objetivo claro.

– Al lector en euskera le han gustado las historias que se cuentan y la visión que se da del País Vasco. Hablo de gente muy diferente y siempre trato de hablar de su lado humano, de sus virtudes y debilidades. Los tres personajes de los que hablo tenían una relación que me interesaba muchísimo: Ricardo Bastida, un arquitecto muy conocido en Bilbao, y sus mejores amigos, Aurelio Arteta, el pintor, e Indalecio Prieto, el político, tenían una relación muy fluida, cada uno con sus propias ideas. Sus mejores amigos eran de otra ideología y eso era lo que me interesaba. También hablar de personajes que dudan, que a la hora de tomar una opción se equivocan, que como todos nosotros tienen fallos y meten la pata. La propia vida los va esculpiendo. La vida nos va dando forma.

– Se nutre de muchísimas anécdotas.

– Cuento, por ejemplo, la de Santi Meabe, un republicano de Bilbao que acabó viviendo en Ondarroa porque se enamoró de una chica. Ahí organizó la defensa del frente de la costa, y además se dedicó a criar pájaros cantores. Cuando ya se había exiliado, cayó una bomba en su casa. Salieron los pájaros y se pusieron a cantar. Esa imagen de que después de la destrucción hay un momento de alegría en el pueblo me gusta. El libro está hecho a base de estas pequeñas historias. Y una parte fundamental es el diario del hijo de Bastida, lo escribió con 14 años cuando viajaban de Ondarroa a Nueva York. Yo hago ese viaje 70 años más tarde. Esas relaciones que se establecen con gente del pasado, los paralelismos que se van creando, que ese chaval que vivió algo tan brillante muriera en la guerra. Ver esas dos partes de la vida, las más luminosas y las más oscuras, me gusta mucho.

Cultura global

– ¿Por qué Nueva York?

– Porque me ha marcado como persona. Quería establecer una relación entre una ciudad de una sociedad como la vasca, cuya ciudad ‘conocida’ es Bilbao, y la ciudad económica y cultural por excelencia que es Nueva York. Un escritor de una cultura pequeña y la gran ciudad, esa tensión entre culturas, esa sociedad global en la que estamos inmersos. Ahora las relaciones son más de red y aunque hable de Nueva York, hablo también de Edimburgo y de San Francisco y de algún rincón de Eslovenia; porque ahora los autores nos relacionamos a nivel global.

– Ha dicho antes ‘cómo vive un autor en euskera que escribe en el siglo XXI’. ¿Cómo?

– Esta semana me ha escrito un autor iraní para decirme que aparezco en una antología de poesía mundial en Persia. Qué curioso. Eso para Aresti sería imposible. Ni se lo imaginaría. Mira cómo funcionamos hoy. Que unos poemas escritos en euskera estén traducidos al persa junto a autores como Margaret Atwood o Adam Sagayeski?

– ¿Condiciona la lengua a la hora de escribir, no a la hora de publicar?

– Condiciona la música de la lengua, la música que se crea al colocar una palabra detrás de otra. Eso sí, pero luego me he dado cuenta de que cuando he escrito artículos o conferencias en castellano, mi voz también aparece en esta otra lengua, mi segunda lengua. Marca pero no tanto. Es una manera de ser, una forma de comunicarse que trasciende a las lenguas.

– Hay una serie de autores en euskera, con ahora 40 años, que irrumpen a finales de siglo pasado y llegan muy bien a la gente. No es sólo marketing. ¿Han modernizado la manera de contar?

– Es mucho decir. Es producto también del trabajo que se hizo antes, la generación de Aresti y Atxaga, la posterior que se ha quedado un poco silenciada. Y la nuestra. Somos fruto de esos 20 ó 30 años en los que el euskera ha crecido muchísimo y está en todos los segmentos de la sociedad. La nuestra es la primera generación que vislumbra esa normalización y eso ayuda.

– Y con proyección internacional.

– Pero eso es una cosa que uno trabaja. Yo siempre me he replanteado ser traducido y entablar relaciones con gente de fuera. Es fundamental para un autor que escribe en una lengua como esta. Tal vez tenga ese alma marinera de la familia, pero siempre me he propuesto salir fuera, aprender saliendo fuera. Un autor tiene que estudiar y viajar toda la vida, dice Vicente Luis Mora. Hay escritores que no leen, que no leen teoría, y se van quedando encasillados. Es uno de los peligros. Me encanta ver lo que se hace fuera, lo que se mueve, y luego escribir de acuerdo a esos cambios. Uno no puede quedarse mirándose su ombligo.

– ¿De ahí la colaboración con músicos?

– También. Aresti ya lo hacía con Oskorri, nosotros hemos bebido de ahí e introducido videos e Internet. Y hemos hecho un recital en Manhattan, no sólo en Bilbao. Ese es el cambio fundamental. A mí me gusta relacionarme con artistas y hacer cosas juntos.

– Va en contra de la imagen del escritor que trabaja en solitario.

– Sí, pero escribir es así, eh. «No te asocies con nadie, el escritor siempre está solo», escribe Danilo Kis en un librito con consejos para escritores. Y es verdad. Cuando eres joven tienen un grupo de creadores que te animan y de los que aprendes, pero luego es una carrera solitaria. Trabajar en colaboración ayuda a la hora de relacionarte y hacer cosas para al lector, pero cuando escribes, estás solo. La literatura habla del individuo, de la vida, de cómo un individuo se planta frente a su sociedad y su tiempo, entonces es necesario que la obra sea hecha en soledad.

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“La novela debe respetar la tradición”

Público, Peio H. Riaño

Premio Nacional de Narrativa. Llega la traducción al castellano de ‘Bilbao-New York-Bilbao’, con la que dejó de ser un joven poeta vasco desconocido.

La novela debía tener mucha vida y decidió hablar de la gente real, de las historias que había oído desde pequeño en Ondarroa, mientras esperaba el regreso de alta mar de su padre y de su abuelo. Aquellos cuentos tejidos por las mujeres de los pescadores han aflorado en su novela Bilbao-New York-Bilbao, con la que Kirmen Uribe (1970) ganó el último Premio Nacional de Narrativa. Hasta el momento la han leído 15.000 lectores en euskera una cifra propia de los éxitos de Bernardo Atxaga y a partir del próximo martes otros tantos en castellano, porque Seix Barral apuesta fuerte con 30.000 ejemplares de tirada, para un escritor joven venido a más desde la poesía. De hecho, el color en el juramento de Patxi López lo puso el nuevo lehendakari al leer un poema de Kirmen, Maiatza.

La novela premiada hace repaso a tres generaciones desde la memoria, durante un vuelo que cruza el Atlántico. Es una novela contemporánea, plural y, sin embargo, con fuertes lazos en la tradición narrativa. Kirmen Uribe es un fiel defensor de la novela como género con infinitas posibilidades; es más, esta la remata con un poema luminoso en el que se dirige a su hijo de 13 años de edad, al que acaba de conocer mientras comen una pizza.

¿Estamos saturados de ficción?

Sí, desde finales del siglo XX hay una vuelta a lo real y una crisis de la ficción. En los escritores y en los lectores. Los autores quieren estar muy cerca del suelo, no quieren volar demasiado. Se ha abusado muchísimo de la ficción. La literatura, el arte o el cine se habían despreocupado de las necesidades reales de las personas. Es una postura estética y comprometida, aunque no me gusta nada esta palabra. Llegó un punto en el que el arte se había alejado mucho de la gente y de lo que le importaba.

¿Por eso dice que sólo le interesó la verosimilitud?

La verosimilitud es el eje de la novela. No quería hacer una mera construcción de ficción vacía. Cuando empecé a plantearme cómo escribir la novela, siempre me daba con el mismo muro, el de la verosimilitud. Me inventaba personajes y no funcionaban. Así que decidí que los personajes que aparecerían en la novela serían personajes reales, excepto los personajes que aparecen en el vuelo y el vuelo en sí mismo. La mejor manera de recoger esa vida vinculada al mar era recogerla tal cual, hacer historia oral. Pero la tradición oral como tal no funciona sin ficción.

¿No serán los escritores los que sufren una crisis de imaginación?

No, no creo. Es una opción estética. En los libros que aparecen elementos reales, también hay mucha imaginación.

¿Cómo pasó el salto de la poesía a la novela?

Muy natural porque mis poemas son muy narrativos. En ambos cuento las mismas preo-cupaciones. La visión de la novela es mucho más global y es otra forma de escritura: es más estructura, es ingeniería pura. Es otra cosa. Bueno, en este caso, es ingeniería sin trama.

Hay un fuerte arraigo a las tradiciones de sus costumbres. No olvida de dónde viene.

No, claro. Un tal Kirmen Uribe va en el vuelo a Nueva York a dar una conferencia y lleva consigo una tradición a la que pertenece. No soy únicamente esa persona que va a la gran ciudad. El mundo de tus abuelos, tan diferente, también viaja contigo. Siempre me han gustado los contrastes. El contraste entre Nueva York y Bilbao, pero en la novela aparecen muchos otros: la familia tradicional y la familia desestructurada de ahora; la masculinidad de antes, con la feminidad de ahora; el riesgo y la seguridad. Hay muchas tensiones, pero también hay constantes.

¿Es importante tener oído y estar pegado a la calle?

Siempre he sido muy observador, desde pequeño. Pero también hay detrás muchas lecturas. La oralidad y lo escrito. Los escritores no vivimos sólo de libros. Para un escritor lo más importante es leer. Yo soy muy lector, pero eso no quiere decir que construya a partir de lo leído.

¿Para la siguiente novela volverá a las tradiciones?

No puedo repetir un libro como Bilbao-New York-Bilbao. Está claro que hablaré de mí mismo, pero no puedo repetirme.

¿Miedo a la repetición?

Mi padre fue pescador toda la vida. Una sola vida. Nuestra generación tiene muchas vidas. Tres, cuatro cambiamos de todo constantemente. El artista también quiere hacer aquello que no se ha hecho nunca antes, pero asimila la tradición. No podemos olvidar que formamos parte de una tradición. Debemos ser contemporáneos, pero al mismo tiempo hay que respetar la tradición. Hay cosas nuevas en la novela, pero esas cosas están dentro de la tradición. Las rupturas son muy frías y tardan en aparecer.

O sea que no es un “mutante”

[Risas] No. Pero creo que en la literatura están pasando muchas cosas y muy interesantes. La forma novela está cambiando mucho. Hay gente que está abriendo y, encima, son jóvenes quienes lo hacen. Tratan de contar las cosas de una manera más contemporánea.

¿Cómo cree que es la nueva novela entonces?

La forma de leer está cambiando y la forma de escribir debe hacerlo también. Ha cambiado la forma de leer y de ver el mundo. En mi novela, la estructura es lo más contemporáneo. Todas las partes podrían leerse de manera independiente, pero todas tienen una relación entre ellas. Bilbao-New York-Bilbao no se fijó en una trama, lo importante es el estilo. No me interesaba la trama, no quería enganchar al lector así. Cuando escribía sólo se repetía una pregunta: ¿Qué es literatura? ¿Un guión? ¿En qué se diferencia la literatura de otras formas de narrar? En el estilo: la riqueza de matices que recoge una novela no lo hace una película. La literatura es la mejor manera de retratar los pensamientos. Yo me he centrado en eso.

También hay una necesidad de tratar con la memoria, ¿cómo usarla?

Me interesa la memoria que cambia. No he construido un territorio mítico, quería situar la novela en un vuelo para aclarar que nosotros y nuestra memoria cambia constantemente. La memoria no es fija nunca. Todo el libro es un ejercicio de memoria, son recuerdos de las experiencias del personaje y de la familia. Pero la memoria es muy engañosa: el Kirmen Uribe de la novela, quién es realmente.

¿Nuestros abuelos tuvieron el contraste con sus antecedentes como el que tenemos nosotros con ellos?

Hablo de la identidad, de quién soy y de dónde vengo. El salto entre tres generaciones es enorme. Entre el XIX y el XX ya se ha contado, pero entre el XIX y el XXI no. Tenemos distancia suficiente para poder hablar de nuestros abuelos, de nuestros padres todavía no. Aparece una cuarta generación que me preocupa, ¿tendrá alguna vinculación con la generación del XIX?

Escribe sobre fuertes contrastes generacionales.

La manera de entender la familia de manera tradicional se rompe conmigo y lo cuento al retratar la relación con mi hijo Unai. Me gusta ese cambio en la estructura familiar. La novela nació como un gesto de nostalgia, para recoger aquello que se pierde, pero el tono final no es melancólico. No quería un tono otoñal. Es un tono luminoso, porque el mundo ha cambiado, nuestros modos están cambiando, se pierden unas cosas y se ganan otras.

La tradición oral hace vibrar el libro.

He bebido de la tradición oral desde pequeñito. Almodóvar dice que él escuchaba de pequeño las historias de mujeres. A mí me pasa lo mismo, yo he vivido entre mujeres, porque mi padre y mi abuelo siempre estaban en la mar. Quería trasladar esa tradición oral a la novela, pero con ironía, para restar valor a esos relatos que se nos hacen ver propios de una tierra y son universales. Amo la tradición, pero en esa medida, sin hacer leyenda ni épica.